El audaz pendrive sopesó su ardua carrera política mientras la flor sonriente echaba a llorar por la repentina y trágica visita del ratón colorado al monte florecido.
Se marchó con el pelo manchado. Aquella flor marchita ya no podrá escupir la maldita tinta incolora. Triste pero cierto. El lobo fluorescente se comió a la flor en el momento más inquietante de sus esporádicas vidas. Bye bye flower.
El autor de aquella obra gregoriana no supo aclarar el fabuloso movimiento esclarecedor del velociraptor.
El avispado doctor lloraba ferozmente en su antigua casa de aire cristalino, mientras el ser oriundo de la Antartida lo miraba sin pudor.